Una breve ventana episódica a una vida en ciudad.
Un apéndice delante, otro detrás. Uno arriba, otro abajo. Uno contraído, luego relajado. La bacteria estaba en su salsa, en varios sentidos. No sabía –ni era capaz de procesar- de dónde había venido, pero en aquel momento todos sus orgánulos estaban centrados en dos actividades:
1ª: aprovechar la enorme montaña de nutrientes sobre la que se asentaba.
2ª: reproducirse.
Corolario 1: que las células hijas realicen paso 1.
Quizás a la vigésima generación las bacterias empezasen a pasarlo mal, en parte por ser desplazadas por otros microorganismos adaptados a fases más avanzadas de putrefacción, en parte porque no estaban alimentándose sino de una rodajita de anchoa en una pizza perdida. Lo cual no quita que el olor de las tres porciones mordisqueadas a desgana pudieran tumbar a un halterofílico con gigantismo, ojo. Que los organismos descomponedores son pequeñines pero unos campeones en su terreno.
Pero bueno, en la pizza la anchoa está seca y el queso no es sino una costra rígida adherida a una masa de harina que parecía de cucurucho por lo crujiente. ¡Vayamos al envase de yogur de a litro! Ahí si que hay montada una buena, las bacterias lácteas luchando contra los hongos de la humedad, moscas y hormigas en tropel que no hacen sino traer más microbichitos al campo de batalla, un miriápodo que no sabe muy bien cómo llegó ni por dónde se sale y una araña que no se puede creer su suerte.
Pero estas solo serían dos cámaras en la inmensa sabana que compone el ecosistema del receptáculo hormigonado y embaldosado que alguien con un concepto bastante laxo de la limpieza tiene a bien en llamar casa. Podríamos pasarnos horas, días describiendo la pugna por la supremacía de debajo del sofá: que en un par de semanas ha pasado por las manos de estreptococos, a cucarachas y mariposas de la luz, a una colonia de arácnidos y de momento los roedores parecían tenerlo todo bajo control –ilusos, había una pareja de gatos callejeros que miraban sus movimientos con ojos calculadores y solo esperaban a que se abriera la ventana!
Pero en medio de todo ese caos una figura se erige como el líder supremo del ecosistema antes incluso de que la batalla abandone los recipientes de comida, se generalice a toda la casa y se organicen las bandas en sus respectivos nichos ecológicos.
La criatura mide noventa centímetros desde la grupa hasta el hocico. La cubre un denso pelaje oscuro, áspero y grasiento. Sus garras, largas y endurecidas no dejan escapar ninguno de los animales menores que saquean su territorio. Aunque generalmente agresivo y tenso ahora se muestra calmado: no ha encontrado pareja un bastante sustento para el invierno así que experimenta un estado de semihibernación; no disfruta del letargo estacional de algunos mamíferos de entornos templado-fríos pero puede mantener la actividad bajo sus mínimos habituales. Ah, y lleva una camiseta de Los Pecos, con seguridad obtenida como botín al derrotar a un macho más maduro.
Lo cierto es que parece que a este ejemplar se le aplica el dicho de todo tiempo pasado fue mejor.
